Respondiendo al tema N° 32 de /a/
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Latoso ▶ Aparece un gnomo loco N° 32 Archivo: 93a12b155c8c8c74f7087e995c65a992.jpg
Aparece un gnomo loco

Era otro día sin dormir. Clotilde quería, pero sus padres ponían la música de Los Palmeras a todo volumen. Como fruto de una alucinación, la cortina donde había fijado la vista en tren de ausencia y resignación, se movió. Como si un gato del otro lado la estuviera rasgando. La cortina se desgarró y de ella emergió un curioso ser, malformado y ataviado de verde. "Hola, muñeca. Soy Sergio Tenis", se presentó.
Clotilde se asustó un poco, pero el sueño la vencía. Y aunque quería abandonarse a él, las paredes de durlock de su habitación se desmigajaban por los atronantes bajos de la música cumbianchera. Sergio Tenis empezó a danzar, refregando su panza y pelvis por la pared. Luego se escupió una flema pringosa en la palma de ambas manos y con ellas se enderezó el cabello. Clotilde sintió que la repugnancia le generó la premonición de una arcada. Que no fue tal. Sergio Tenis la miró y le habló:
"Ayer me encontré con una vieja que me dijo que los pueblos sin memoria no tienen futuro. ¿Usted qué opina?"
Clotilde se derramaba de la vigilia al sueño, pero las palabras de Sergio Tenis eran nítidas y demandaban la composición de una respuesta.
"Creo" —empezó Clotilde, pero no terminó de decir— "que quizá la señora tenga razón."
Sergio Tenis la miró, escupió al piso y exclamó:
"¡Ni a palos, perra!"
Clotilde sintió miedo de la mirada frenética del alocado gnomo. Los ojos rojos de la criatura de verdes pilchas se tornaron súbitamente violáceos y pestilentes. De un salto empezó a pisarle la cabeza riendo como el pájaro loco.
Clotilde despertó llorando y se había hecho encima. Todo. Sus padres, en un charco de alcohol y vómito. Había algunos otros adultos, decadentes.

Latoso N° 137

La cuarentena había liquidado al barrio. Los negocios que osaban abrir eran arrasados por balas policiales y los oficiales incautaban la escasa y dañada mercadería. Por la tarde, los ladrones rapiñaban las migajas del botín. Las escuelas prendían fuego a libros que nunca se habían abierto, publicados por la gestión de otro mal gobierno anterior. No hacía falta quemar libros en un lugar donde la gente no sabía leerlos, pero por si acaso, lo hacían. Sergio Tenis se apareció entre las llamas y corrió a Clotilde hasta su casa. Era de día, todo el mundo podía ver esa persecución y nadie hacía nada. Sergio Tenis iba en una moto, con otro ñomo demente, estaba vestido con pantimedias y tenía tetas con pezones de paty, a la vez que llevaba una frondosa barba verde. Sergio conducía y cantaba, el ñomo travesti tenía una guitarra y hacían una truculenta versión de "El bombón asesino".
Clotilde se sintió embestida, sus huesos romperse. Emerger fuera de la piel, salpicar de tripas la vereda. Morir y los órganos derramarse y palpitar fuera de su cuerpo.
Otro sueño hediondo, otra vez tener que bañarse antes de desayunar y limpiar el colchón. Otra vez sus padres desvanecidos. La casa llena de humo y descomposición. Otro mes sin escuela, encerrada en el naufragio y la pesadilla.

Parecía una puesta en escena de Remedios Varó o de Leonora Carrington. Una de ellas había realizado la escenografía para una obra teatral de Jodorowski. La gente estaba esta vez disfrazada de jaguar, de aves, de serpientes. Animales sagrados. Había un chamán con una máscara de Gaturro y tenía el cabello largo y rígido, probablemente por sangre humana de los numerosos sacrificios realizados. Había por lo menos una docena de ñomos con máscaras y espejos adheridos a sus vestimentas. Danzaban una canción de El Dipy, con una coreografía ridícula y lamentable. Cuando la palabra "cringe" sonó dentro del cerebro de Clo, los duendes hicieron un zumbido de avispa y le saltaron al cuello. Ella despertó y sintió caer de nuevo a la dantesca escena. En algún lugar vio que Sergio Tenis le presionaba un trapo de piso contra la cara. Había botellas sin etiqueta. "Cloroformo", "Burundanga", "Esmegma de duende", hipotetizó alguien en su cabeza, una voz sin sonido, como leer palabras en los globos de diálogo de un manga en submangapuntocom. Mientras los duendes se sacaban la máscara y la ropa y prendían hogueras, ella veía un poco de la otra dimensión: Sergio Tenis también se quitaba su harapienta ropa...
Los duendes más próximos tenían cara de bebé humano, dientes de piraña y un pezón del tamaño de un alfajor Jorgito en medio de la frente.
[continuará...]

Clotilde tenía desde siempre en el universo paralelo postulado por este sueño, un amigo pingüino llamado Carlitos. Y hasta había un gato seductor llamado Felacio, que la cortejaba despacio. Se le solía aparecer y frotarse contra ella cuando leía, cuando tenía reuniones virtuales, cuando tañía las cuerdas de su guitarra tocando canciones de Flema (todas menos "La sangre de tu hermana"). Cuando ella se dormía, el pecaminoso gato se entrometía en las sábanas.
Esta vez, el gato estaba muerto y era la raugosa barba del morboso Sergio Tenis la que se restregaba contra su panza.

Gaturro recibiendo una ofrenda de un duende demoníaco.

La misma ilustración, pero más avanzada en el entintado.

La viñeta coloreada (con el G.I.M.P.)

Garompus amamantando a Gaturro.

Gaturro dibujado por Clatilde (detalle)

Una de las ideas de Clotilde para su celebrado cómic brotó de una pesadilla. Le arrancaban el cerebro y se lo vaciaban de recuerdos. Luego lo convertían en memorias ROM y RAM y la dejaban suspendida en una cápsula hasta el final de los tiempos. Había pianos y contrabajos desperdigados por el laboratorio y sala de torturas. Sonaban las tumbias de Turbo Sonidero. Había animales destripados, cuyas tripas componían los encordados de los instrumentos. Clotilde quería tocar esos instrumentos que en su vida real siempre los miraba por la tele, la compu o a través de la vidriera de la casa de música.
Despertó llorando, fue al baño y tras tomarse un café lleno de borra y azúcar, se puso a dibujar.

Otra gran idea para el episodio donde el simpático perro Tútum es poseído digitalmente por el dedo anal muerde-próstatas aparece por medio de una conversación con el negro Sandunga, donde él confiesa su terror a "volverse puto" si su novia le mete el dedo en el culo. Clotilde pretendía hacer una historieta de terror y esa simple falange colándose en la uretra anal aterrorizaba a un colega dibujante. Y tras conversar con algunos heterosexuales normies más, parece que la cuestión amedrentaba a más de uno. Salvo Enoc Quishpe, todos los amigos hombres de Clo eran simpáticos sodomitas en las cosas del amor.

Furro Obeso era la revancha de la naturaleza. Devorador de perros callejeros, de gatos de azoteas, de humanos solitarios viviendo a la intemperie, Furro Obeso tampoco dejaba de morfarse un duende onun vampiro trannie si lo propiciaba la ocasión. Clotilde perdió la memoria en más de una ocasión, pero a su amiga Sarita, cuando intetando replicar un stencil de Banksy no tuvo la prudencia de asegurarse alguna forma de resguardo para trabajar en la altura, cayó y quedó inconsciente por la caída. Furro Obeso le puso mayonesa, ketchup y se la manducó.
De postre, una docena de alfajores "Capitán del Espacio" de chocolate.
Clotilde soñó algunas veces con Sarita, creyendo al despertar que no fue alguien real. ¿Pero quién puede sabervqué es real y qué no?

Habían pasado 6000 años de la extinción de los seres humanos. Los únicos seres que pululaban el pantano de petróleo en que se había convertido el planeta Tierra eran los chobis de Milo Lockett, que podían subsistir mediante la ingesta de esmalte sintético. En eso estaban cuando una mocita pidió a diosito santo que ayude a su amiguita de la depredación machirula. Pero los dioses no existían y hubo que inventarlos.

En un momento, todo lo que se veía a través de una pantalla se ralentizó, se lagueó. Y el personaje simiesco que retozaba con dos hembras de alquiler, pensó si no era todo una ilusión, si algo era real. Miró a la hembra blonda a los ojos, y sus ojos sin pupilas eran negros como la noche, negros como el upite de un mono. "Se parece a las mocitas que pintó el italiano Modigliani", se dijo a sí mismo. Pero su voz no era la suya.
"Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo" se preocupó pero luego se disolvió, como si su cerebro se le derritiese como una vela a punto de consumírsele toda la mecha.