Respondiendo al tema N° 100 de /t/

Latoso indie ▶ Extrractos de textos hallados por ahí N° 100

Mientras la razón le obligaba a reconocer la existencia de Dios, la conciencia le hacía dudar de lo infinito de su bondad. No creía que un pecador como él pudiera encontrar misericordia. Él no había sido arrastrado hacia el error: la ignorancia no le podía proporcionar ninguna excusa. Había visto el vicio en sus verdaderos colores. Antes de cometer aquellos crímenes, había medido escrupulosamente su peso; y no obstante, los había cometido.

-LEWIS, Matthew G, El Monje

Latoso N° 1314

Judge está contento de no poder hablar. Nunca entendió la compulsión humana por la conversación: cuando habla, la gente dice cosas inútiles que rara vez mejoran sus vidas. Sus palabras los entristecen. ¿Por qué no dejan de hablar y se abrazan? Ahora la mujer llora.


-KEAGAN, Claire, “La hija del guardabosques”

Latoso N° 1317

Mientras nos quisimos nos entendimos sin la necesidad de las palabras. Pero el amor no es eterno. Llegó el momento en que debí encontrar las palabras que la hubiesen retenido, pero no pude. ~Albert Camus.

Latoso indie N° 1325

Los disidentes de El Vaticano se habían convertido al protestantismo pero luego ingresaron a la secta de Claudio María Domínguez, el fundador del ibé Domingochan. Finalmente, algunos generaron sus propios emprendimientos sectarios, lavando dinero con casinos clandestinos, riñas de furros, y tiendas de comidas tales como panchos, salchipapas, arepas, choripanes y petefelpas. Destacaron la secta de la marca de Caín (“Los Fabulosos Cainiliacs”), Los Tarambanas, Los Cachuzos del Último día y Los descendientes de Garompus. Todas esas congregaciones eran lideradas por charlatanes usurpadores con delirios místicos y múltiples desviaciones sexuales (en la secta de los tarambanas, la gente tenía como mantra la hilación de palabras “chu-chu-hua hua-hua” mientras los carceleros disfrazados de cucaracha les frotaban la remolacha). Todo era un cachivache, pero Langostino Quishpe, descendiente del mítico Delfín, luchó hasta el fin por descubrir la causa de que gente adinerada y con estudios, no tuviese mejor idea que dejarse profanar y saquear en las insanas redes de los mesméricos reptilianos despojadores de bienes, libertades y dignidades.
“A veces la gente es ovejuna y no pega una”, concluyó.

Latoso N° 1326

Un tiempo después de aquel viaje al sur, a los dieciséis años, yo cortejaba, digamos así, a Elena, una bella muchacha, muchísimo más culta que yo, con la que cursaba el tercer año del Colegio Nacional de Adrogué. Una tarde veníamos por una calle arbolada junto a un muro pintado de celeste, que todavía veo con nitidez, y ella me preguntó qué estaba leyendo.

Yo, que no había leído nada significativo desde la época del libro al revés, me acordé que había visto, en la vidriera de una librería, La peste de Camus, otro libro de tapas azules, que acababa de aparecer. La peste de Camus, le dije. ¿Me lo podés prestar?, dijo ella.

Me acuerdo que compré el libro, lo arrugué un poco, lo leí en una noche y al día siguiente se lo llevé al colegio… Había descubierto la literatura no por el libro sino por esa forma afiebrada de leerlo ávidamente con la intención de decir algo a alguien sobre lo que había leído: pero ¿qué?… Eterna cuestión. Fue una lectura distinta, dirigida, intencional, en mi cuarto de estudiante, esa noche, bajo la luz circular de la lámpara… De Camus no me interesa La peste, pero recuerdo al viejo que le pegaba a su perro y cuando al fin el perro se escapa, lo busca desolado por la ciudad.

¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca.

(Ricardo Piglia)

Latoso N° 1343

“Trust life, even if you cannot trust people. For human nature is unreliable, but life itself is ruled by immutable law. Right action leads always, in the end, to victory.” Swami Kriyananda

Latoso N° 1358

Reminiscencia
No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación,
de manera que sin querer
amaba las distintas formas
bajo las cuales ella aparecía en sucesivas trasnformaciones
y tenía nostalgia de todos los lugares
en los que jamás habíamos estado,
y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias
por las cosas que ya no conoceríamos
y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.

-Cristina Peri Rossi.

Latoso N° 1377

Yo ya me sentí viejo al poco de nacer;
Los demás luchaban, deseaban, suspiraban;
En mí no sentía más que una añoranza imprecisa.
Nunca tuve nada parecido a una infancia.
En la profundidad de ciertos bosques, sobre una alfombra de musgo,
Repugnantes troncos de árbol sobreviven a su follaje;
En torno a ellos se forma una atmósfera de luto;
En su piel ennegrecida y sucia medran los hongos.
Yo no serví jamás a nada ni a nadie;
Lástima. Vives mal cuando es para ti mismo.
El menor movimiento constituye un problema,
Te sientes desgraciado y, sin embargo, importante.
Te mueves vagamente, como un bicho minúsculo.
Ya apenas eres nada, pero, ¡qué mal lo pasas!
Llevas contigo una especie de abismo
Mezquino y portátil, levemente ridículo.
Dejas de ver la muerte como algo funesto;
De vez en cuando ríes; sobre todo al principio;
Intentas vanamente adoptar el desprecio.
Luego, lo aceptas todo, y la muerte hace el resto.

-Michel Houellebecq.

Latoso N° 1378

“El arte como manifestación es un nervio vivo por el cual escapamos a las formas de morir o recreamos nuevas maneras de estar para estar en la vida; es el puente que nos conecta con una realidad deseada, pero no olvidemos que los dolores y los placeres están dentro de cada uno: cualquiera otra invención de espacios ideales será una ficción infernal: el arte nos libra de la locura y nos conduce paradójicamente a ella.”

— JOJART, Agustina. Antonin Artaud: pedazo de nervios.

Latoso N° 1380

Vivimos encerrados en nuestras mentes y llevamos este encapsulamiento dondequiera que vayamos. Veamos lo que veamos, oigamos lo que oigamos, suceda lo que suceda, nunca es transmitido a la consciencia interior directamente. La mente permanece como barrera entremedio, siempre confundiendo.
Uno debe darse cuenta de esto. Es lo primero para poder profundizar. Esto es lo primero para pasar al segundo estado de escucha: ser conscientes de lo que tu mente te está haciendo. Se entromete. Vayas dónde vayas, va antes que tú. No es como una sombra que te sigue. Tú te vuelves su sombra. Se pone en movimiento, y tú la has de seguir. Va delante de ti y lo colorea todo. Por eso nunca estás en contacto con la “facticidad” de algo. La mente crea ficción.

-Osho

Latoso N° 1703

Qué cosa tan sorprendente es un libro. Un libro está hecho de un árbol. Es un objeto constituido por partes planas y flexibles (que todavía llamamos “hojas”) impresas con garabatos en oscuros pigmentos. Pero echas un vistazo a un libro y escuchas la voz de otra persona, quizás la de alguien que incluso ha muerto hace miles de años. A través del tiempo y los milenios, la voz de quien lo escribió nos está hablando, clara y silenciosamente, dentro de nuestra cabeza, directamente a ti. La escritura es quizás el más grande de todos los inventos de la humanidad, uniendo a personas, ciudadanos de épocas lejanas, que nunca se conocieron. Los libros rompen las cadenas del tiempo y son la prueba de que los seres humanos realmente pueden hacer magia.

-SAGAN, Carl.

Latoso N° 1704

“Sin amor propio (…) nadie es capaz de hacer la vida más agradable a los demás, que es el secreto de la amabilidad. Y el que es amable acaba por ser amado.”

— RACIONERO, Luis, El Arte de vivir a través de los cinco sentidos

Latoso N° 1716

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.

El cómplice - Jorge Luis Borges
De «La Cifra» (1981)

Latoso N° 1720

Pienso que sólo deberíamos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices en tu carta? Por Dios, podríamos ser igual de felices sin libros, y si nos hicieran falta libros para ser felices, podríamos escribirlos nosotros mismos, llegado el caso. No, lo que necesitamos son libros que caigan sobre nosotros como un golpe dolorosísimo, como la muerte de alguien a quien amábamos más que a nosotros mismos, como si nos viéramos desterrados a los bosques, lejos de todo ser humano, como un suicidio; un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior.

— KAFKA, Franz, carta a Oskar Pollak, 1904 (traducción de José Rafael Hernández Arias)

Latoso N° 1723

"Aparte de mis numerosas amistades aún tengo un confidente íntimo: mi melancolía. Constantemente me hace señas en medio de mis alegrías o de mis trabajos, y entonces me llama a un lado y la obedezco, aunque corporalmente continúe en mi sitio. Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido. ¿Qué tiene, pues, de extraño que la corresponda con todo mi amor?".

Søren Kierkegaard.

Latoso N° 1729

Mi abuelo murió cuando yo era niño. Era escultor. Era además un hombre muy bondadoso, dispuesto a querer a todo el mundo. Ayudaba a limpiar la casa de vecindad, hacía juguetes para los niños, y un millón de cosas. Tenía siempre las manos ocupadas. Y cuando murió, comprendí que yo no lloraba por él, sino por todas las cosas que hacía. Lloraba poque nunca volvería a hacerlas. Nunca volvería a labrar otro trozo de madera, ni nos ayudaría a criar palomas y pichones en el patio, ni tocaría el violín de aquel modo, ni nos contaría aquellos chistes. Era parte de nosotros, y, cuando murió, todos los actos se detuvieron, y nadie podía reemplazarlo. Era un individuo. Era un hombre importante. Nunca pensé en su muerte. Sí en cambio en todos los objetos labrados que nunca nacieron a causa de su muerte. Cuántas bromas faltan ahora en el mundo, cuántas palomas que sus manos nunca tocaron. Mi abuelo modelaba el mundo. Hacía cosas en el mundo. Con su muerte el mundo perdió diez millones de actos hermosos.

BRADBURY, Ray, Farenheit 451

Latoso N° 1730

La vida es una novela que ya sabemos cómo termina: al final el protagonista muere. Así que lo más importante no es cómo acaba nuestra historia, sino cómo vamos a llenar las páginas. Pues la vida, igual que una novela, tiene que ser una aventura. Y las aventuras son las vacaciones de la vida.

-DICKER, Joël.