Respondiendo al tema N° 89 de /t/

Latoso ▶ Cuentos orientales N° 89

El maestro llevaba muchos años predicando que la vida no era más que una ilusión. Cuando murió su hijo rompió a llorar. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron:

—Maestro, ¿cómo puede llorar tanto si nos ha explicado que todas las cosas de esta vida son una ilusión?

—Sí —respondió el sabio enjugándose las lágrimas que resbalaban por sus mejillas— ¡Él era una ilusión tan hermosa!

Shen Zi N° 1019

Al señor Ye le gustaban tanto los dragones que los tenía pintados o tallados por toda la casa. Cuando se enteró el verdadero dragón de los cielos, voló a la tierra y metió su cabeza por la puerta de la casa del señor Ye y su cola por una de las ventanas. Cuando el señor Ye lo vio, huyó asustado, casi se volvió loco.

Esto demuestra que el señor Ye, en realidad, no amaba tanto a los dragones. Sólo le gustaba aquello que se le parecía, pero en ningún caso el auténtico dragón.

Latoso N° 1032

Cuando un arquero dispara porque sí,
está en posesión de toda su habilidad.
Si está disparando por ganar una hebilla de bronce,
ya está nervioso.

Si el premio es de oro,
se ciega
o ve dos blancos...

¡Ha perdido la cabeza!

Su habilidad no ha variado.
Pero el premio lo divide. Está preocupado.
Piensa más en vencer
que en disparar...

Y la necesidad de ganar
le quita poder.

Latoso N° 1082

En el Reino de Chu vivía un hombre que vendía lanzas y escudos.

-Mis escudos son tan sólidos -se jactaba-, que nada puede traspasarlos. Mis lanzas son tan agudas que nada hay que no puedan penetrar.

-¿Qué pasa si una de sus lanzas choca con uno de sus escudos? -preguntó alguien.

El hombre no replicó.

Latoso N° 1145

El vecino de Nasrudín le pidió prestada su cuerda de colgar ropa.

—Lo lamento —dijo Nasrudín. La estoy usando. Estoy secando harina.

—¿Cómo diablos puedes secar harina en una cuerda de colgar ropa? —inquirió el vecino.

—Es menos difícil de lo que imaginas cuando no la quieres prestar —replicó Nasrudin.

Latoso N° 1146

Un anciano sabio se paseaba con tres de sus discípulos en el jardín de su pueblo.

Viendo un limaco que devora una lechuga, el primer discípulo lo aplasta con el pie.

El segundo dice entonces:

—Maestro, ¿no es pecado aplastar esta criatura?

El maestro le responde:

—Tienes razón, así es.

—Pero él comía nuestro alimento, ¿no he hecho bien? —reprochó el pisachobis.

El maestro le responde:

—Tienes razón.

El tercero dice:

—Ambos dicen cosas contradictorias, no pueden los dos tener la razón.

Y el maestro le responde:

—Tienes razón.

Latoso N° 1178

Un maestro llevó a su discípulo al campo y recogió dos nueces para darle una lección. Dijo al discípulo que le lanzaría las nueces y que tratara de esquivarlas.

La primera vez, el maestro lanzó la nuez a dos metros y el discípulo trató de esquivarla. Pero ésta impactó en su cabeza.

La segunda vez, el maestro se puso mucho más lejos y lanzó la nuez. El discípulo tuvo tiempo de esquivarla con facilidad.
El maestro le dijo:

Discípulo, los problemas en la vida son como esa nuez, siempre serán lanzados hacia ti, pero tú decides dónde te paras. Aprende a tomar distancia y así esquivarás emocionalmente todas las dificultades y serás más feliz.

Latoso N° 1179

Le preguntaron al gran matemático árabe Al-Khawarizmi sobre el valor del ser humano, y este respondió:

Si tiene ética, su valor es igual a 1.

Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será 10.

Si también es rico, sûmele otro cero y su valor será 100.

Si además es una bella persona, agréguele otro cero y su valor será 1000.

Pero si pierde el 1, que corresponde a la ética, perderá todo su valor pues solamente quedarán los ceros.

Sin valores éticos ni principios sólidos, no queda nada.

Latoso N° 1180

En cierta ocasión, hablando el Maestro del poder hipnótico de las palabras, alguien gritó desde el fondo de la sala:

«¡No dices más que tonterías! Si yo digo 'Dios, Dios, Dios', ¿acaso ello me hace divino? y si digo 'pecado, pecado, pecado', ¿acaso ello me hace malo?»

«¡Siéntate, bastardo!», dijo el Maestro.

El tipo se puso tan furioso que no podía articular palabra. Finalmente, estalló en improperios contra el Maestro.

Éste, aparentando arrepentimiento, le dijo:

«Perdóneme, señor, por perder la calma. Le suplico que excuse mi imperdonable error».

El otro se calmó inmediatamente, y entonces le dijo el Maestro:

«Ya tiene usted su respuesta: ha bastado una palabra para encolerizarlo, y otra para tranquilizarlo».